El anclaje y la adicción


Busca no pertenecer al mundo lineal sino a uno paralelo, sentirse crecido, especial, sin complejos, ausente o presente según su ánimo. Sin ver que soy como una trampa de heroína.

Ingenuo, me piensa un secreto al que desvía la atención y puede ignorar. Le importa una mierda la gente. Sabe compartir y comportarse: mentir. Ha sido sin estar ni pertenecer, aunque el anclaje lo devele torpe, sentado a la espera con un yugo atado a las piernas.
Su suerte y la diferencia entre el antes y el después, levantan una densa polvareda que estrangula su garganta y lo deja mudo. La urgencia lo hace regresar por una nueva dosis, en silencio e infeliz.
Paga con una sonrisa fácil y se marcha mirando hacia la calle pero recordando mis ojos. Capaz de notar la sombra que opaca mi mirada y guardar mis gestos cuando estoy emocionada. Le devuelvo algo de vida, deseo y hasta ira, porque sus lazos son tan lánguidos como inciertos en su recinto domestico. Perfectamente común y generalizado sin saber vivir de otra manera. Sobreviviendo como parte de la inercia colectiva.

Soy su unción y su condena: insolente, blasfema, seductora, pero me llama con el mismo sobrenombre para evitar equivocarse. Me voy y le pesa como un lastre, mas rehén del orgullo y enfermo de vanidad, es incapaz de seguirme el paso porque figura tener un amo, quien ocioso le acaricia el lomo y de él, se siente el guardián aunque le den puntapiés y lo castren.
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