jueves, 9 de julio de 2009

La sombra


Intentó, quizás por quinta o sexta vez dejar de respirar. Logró permanecer sin aire poco más de un minuto. Sintió los ojos casi explotar, las mejillas expandirse, la congestión: tuvo miedo; bueno, en realidad, sintió pánico cuando se dio cuenta de que había escogido un pésimo lugar. Los de intendencia lo encontrarían recostado a un lado del water, remojado y no exactamente con agua. Miró a su alrededor y se sintió un imbécil; se preguntó por qué ese jueves lluvioso terminó en el baño de una central de camiones, intentando morir. Recordó.


Fue a las tres de la tarde cuando la vio caminar entre los puestos de dulces, cuando esas torneadas piernas tropezaron con un bulto en el suelo fermentado en alcohol: él. Al fin logró lo mirara aunque fuera de reojo, pero en seguido siguió de largo.
- ¡Vuelve acá! –le gritó con una voz áspera.
- ¡Que quieres! –le contestó altanera.
- ¡Quiero tu amor! –le respondió como un reproche en medio de quejidos.
Ella se carcajeó y siguió caminando, mas él estaba enamorado desde tres meses atrás, habían coincidido en el Cine club, al cual ella asistía religiosamente todos los jueves a la función de las tres, al ciclo del cine francés, mientras él vagabundeaba cerca del lugar en busca de comida.
La primera vez que la miró, se impresionó con ese halo de pureza que refleja al caminar, la creyó una Diosa y comenzó a seguirla. Por lo que ahora sabía que reía sola, a veces se compraba un helado de vainilla, no tomaba el trolebús sino caminaba hasta el metro sin importarle la lluvia, llevaba siempre su mochila repleta de libros y raras veces la vio platicar; siempre todo lo hacía en silencio.
Ese jueves, aunque la gripe le cerraba los ojos y el maldito clima lo acurrucaba al sueño, al constante sueño donde ella aparece; fue a buscarla, para decirle cara a cara que le importaba lo suficiente para cambiar de vida. Quiso alguna tarde ofrecerle un abrazo, decirle que aunque estaba casado con una mujer obsesiva con las apariencias y tener una hija, Matilde, de apenas 3 años, él la amaba. Quiso decirle que deseaba tener un perro y su cuerpo. Ese cuerpo al que llamaba María.
Esa tarde sería diferente. Lo supo desde que encontró dentro de su cartera ese papel casi amarillo donde escribió un nombre, su nombre: María.
La miró de lejos y se echó al suelo como un perro en espera de amo. Sin trabajo desde hacía casi un año, desesperado por tener que cubrir una pensión para ver a su hija y tras dejar sus sueños de ser actor: ella representaba el amor. Para su ex mujer siempre había sido un fracasado, ¡un pobre diablo!, un hombre de aspiraciones pequeñas y el sexo fue lo único que un día los unió, pero ya ni para eso era bueno.
La miro. ¿Casualidad? No, destino. Quizás ella lo esperaba y deseaba tanto como él encontrar un alma paralela, una que creyera en él.
Con la boca seca y la mirada fija, corrió tras ella, imaginando arrancarle un beso con toda la dulzura y fuerza que era capaz, su cara enternecida al escucharlo hablar, sin importar su pasado; ser perdonado. Pero como un rayo, sin provocación, en medio de la aventura ella se desvaneció a los pies de un auto, seis cuadras adelante.
Se detuvo mientras un tumulto de curiosos acordono el lugar para mirar con morbo, un incipiente río púrpura debajo de un cuerpo aún tibio. Lloró. El barullo comenzó a indicarlo como el verdugo y al no soportar ser señalado: huyo. A un indigente depresivo no lo quiere nadie. Corrió con los ojos cerrados, temblando de frío, deseando morir, más su mala suerte lo dejo con vida en medio del único lugar que no se ofende con su presencia, la mierda.



Basada en el inicio de El acoso de la sombra de Eduardo Izaguirre, y tarea de un taller.
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