Figura endurecida

Clavó sus ojos encolerizados sobre mí y sin premeditación me puse en guardia. La inercia de mi corazón puso al límite su humor irritable. Nunca entendió mi hartazgo por tener que zambullirme en la monótona discusión de todos los días.
- ¡Tómate la leche!
- No me gusta –respondí sin mirarla.
- ¡Qué te la tomes!
- Esta fría.
- ¡Qué te la tomes! Llevas una hora mirándola.
- ¡Tiene una mosca!
- No tiene nada, ¡tómatela!
Que caso tenía tratar de decirle que la leche simplemente me da asco, si no tengo tan buena suerte como para que me entienda. Me recorrió con desdén, curiosa severidad para alguien que dice que te ama.
- ¡Con una chingada te vas a tomar la leche! –Me gritó para terminar la frase con los labios apretados y la quijada firme y en lo alto, mientras yo seguía sus movimientos a detalle al hablarme.
Así era la relación con mi madre.
Ella siempre tuvo carencias, su infancia fue demasiado pequeña y al ser tratada con poca ternura se endureció y convirtió en arisca y salvaje. Su madre le tuvo poca paciencia y empatía, pero jamás sufrió del todo, pues a la vista de todos sus males, su padre la amó por los dos. De él heredó un fervor religioso, pequeño nicho donde su corazón sonríe, gana fuerza y vigor.
Ataviada de creencias, se inició en el culto a los muertos, a quienes les dedica gran esmero, ante la idea de que ellos la protegen y cuidan. Sombras que se tumban a su alrededor sin oprimirla; mísero consuelo para alguien como ella, tan ávida de amor. Encontró en los rezos su lucha y jamás se confesó vencida, aún cuando en ocasiones deseó salir corriendo, al estar rota por la fatiga y los azotes; pero jamás juzgó sus padres pues recobraba en los rezos el goce y pregonaba una inmensa y dulce piedad.
Los terribles apuros le dieron rebeldía, y un día huyo con mi padre, pero el deseo de un hombre no la ennobleció; pues su vitalidad fue reprimida día a día, hasta verse como una tierra envejecida. Sostenida de sus sombras, me convirtió en una de ellas, una sombra muy sola.
Por eso nuestro dolor es profundamente añejo, que aunque en ocasiones se disperso entre risas: persistió, atroz e igualmente sublime, en una relación que nos cansó, nos desgastó y quemó.
La frustré, no fui la hija imaginaria perfecta que esperaba, fui frágil, vulnerable y sin magia, no reía ni cantaba, sólo me gustaba pensar. ¿En qué pensaba su hija? Era su hija, vivía a su lado y no sabia en qué me gustaba pensar; sabía que comía poco, que no tenía amigos y nunca lloraba, aún cuando me pegaba, y me pegaba más fuerte, y yo la miraba y pensaba, ¿por qué me hace eso mamá?
Y ella, por estar angustiada y lejana, nunca supo de mí las cosas realmente importantes, pues se centró en el reflejo de los demás que son como ella, y de los cuales, yo fui muy insolente y distante.
Más de una vez intenté que mi amor bastara para las dos, pero no lo percato al no ser tangible ni en especie, pues para ella todo debía ser digerido y empacado para llevar, como lunch. Y aunque sentí me repelía, algunos años la hice feliz hasta que un día, cansada, decidí ser atea, pues aunque mi madre me inculcó la religión tanto o más que la cocina, miré en aquél crucifijo a una figura de piedra endurecida por la práctica de posar, y envidié poder vivir sereno en un allá sin geografía bajo el manto de María, quien le consuela en su regazo, ruega por él, y lleva su rezo la marca de amor que le profesa, no lo abandona en la cruz y nunca lo juzga.
Siempre terminaba por beber la leche, pero inevitablemente, vomitaba.
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