miércoles, 18 de febrero de 2009

El rinoceronte enojado

- Y ¿por qué esta enojado? –preguntó de nuevo para interpretar la respuesta a un dibujo, y aunque quise aparentar una efímera calma instintivamente me puse en guardia y clavé mis ojos encolerizados en los suyos; él pudo ver mi chillar quebrado, en un censurado tragaluz de dónde resbalo la rubrica depurada de mi soledad, por ser una galante carne adolorida que se estremece a la mitad de las preguntas. Al fin conteste.
- ¿Quizás el fango es la penuria de un cuerpo perezoso?, envoltura rancia que lo empapa todos los días y se hastía del sol.
- ¿Crees?
Menos entumida pero un poco torpe trate de desviar su duda.
- ¿Será triste caminar a gatas?, no es bello tener un cuerno y comer siempre hiervas y flores, aunque seguido estoy a dieta, ¡odio las dietas!
- ¿Por qué las odias?
Me delate sola, ¿por qué sigo hablando? Reuní mis lágrimas para congelarlas para el exilio, me hundí en mis propios temores y surgió de la nada un calor como muerte instantánea; calzada del lastimosos recuerdos demore la respuesta con una bravucona invitación.
- ¿Si te lo pidiera, vencerías conmigo el frío de las baldosas?, ¿caminarías conmigo a gatas? Sin fango ni envoltura rancia.
- Si me lo pidieras, comería flores.
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