viernes, 19 de diciembre de 2008

Joaquín (1a parte)

A Joaquín lo conocí un jueves lluvioso a eso de las tres de la tarde en Ciudad Universitaria. Yo avanzaba entre los puestos de dulces del pasillo de Filosofía cuando tropecé con un bulto en el suelo que se fermentaba en alcohol: era Joaquín. Lo miré de reojo y estuve a punto de darle una moneda, pero al hacer una rápida revisión dactilar en mi bolso, me percaté que sólo traía billetes. Le regalé unos chicles y seguí de largo. A penas di tres pasos, él me grito:
- ¡Vuelve acá!
Esa voz aguardentosa no la conocía, de hecho, fue hasta el tercer chiflido que volteé agarrando fuertemente mi mochila, y le contesté altanera.
- ¡Que quieres! No traigo monedas.
- ¡Quiero tu amor! –me respondió como un reproche en medio de quejidos.
Yo sonreí y seguí de largo, al suponer que el efecto del alcohol lo había hecho confundirme; pero él estaba enamorado de mí.
Tres meses atrás habíamos coincidido en el Cine club. Yo religiosamente asistía todos los jueves a la función de las tres, al ciclo del cine francés. Él vagabundeaba desde semanas atrás cerca del lugar, en busca de algo de comida y dinero para seguir en el vicio; luego de que su mujer, Aurora, le nublara la vida por haberlo denunciado ante el fisco por defraudación, como venganza a sus múltiples engaños.
La primera vez que me miró, se impresionó de mis hermosas piernas y del halo de pureza que reflejó al caminar; pronto creyó que era una Diosa, una Diosa que lo iba a rescatar de toda su miseria. Entonces, empezó a rezar noche y día. Soñaba conmigo. En sus sueños, le llamaba tesoro y lo cubría con una manta cuando el temblaba del frío; creyó realidad esos sueños y empezó a seguirme después de cada función.
Ahora sabía que mientras caminaba reía, y a veces me compraba un helado de vainilla, que no tomaba el trolebús sino que caminaba hasta el metro sin importar que estuviera lloviendo; que llevaba mi mochila repleta de libros y raras veces me vio platicando, siempre todo lo hacía en silencio.
Cada día estaba más enamorado de mí.
Ese jueves mientras esperaba se había quedado dormido, sin alimento en la panza creyó que soñaba cuando le di los chicles. Él sólo repitió
- ¡Vuelve acá!, -a medida que me alejaba.
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