Quebranto


A mi madre.
Siempre tuvimos un dolor profundamente añejo, que aunque en ocasiones se dispersó entre risas: persistió, atroz e igualmente sublime, en una relación que nos cansó y desgastó y quemó. 
Nunca supo de mí las cosas realmente importantes, pues siempre se centró en el reflejo de los demás, y del cual, yo fui muy insolente y distante.
Más de una vez intenté que mi amor bastara para las dos, pero no lo percato, al no ser tangible ni en especie, pues para ella todo debía ser digerido y empacado para llevar, como lunch. Y aunque sentí me repelía, algunos años fui feliz.
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